Pena capital.


Sentado en la mitad del living observa perdidamente el vaso que dejó sobre la mesa. Llegó el momento de sentir. La adrenalina brota por todos lados transformándose en sudor, sus manos ancianas tiemblan más que de costumbre y en un pestañear de su consciencia ya está parado justo en donde se puede sentir el latir del miedo abrazado a la verdad. A paso firme corre al baño, su viejo cuerpo está listo para partir. La cabeza sólo le recuerda que el pasaje siempre ha estado guardado en el botiquín. Frente a frente se mira con lo que días más tarde será su recuerdo, abre el dispensario, de él saca su vieja máquina de afeitar, en su mano está el paso a la eternidad o al fracaso continuo en la mente de los que permanecen. Sin más pausas ultima sus lamentos, quema el sentir y comete el único asesinato al cual tiene derecho en la vida.