Amor para valientes.


Ya no habían más palabras, mi rostro estaba desfigurado ante implacable decisión. Veía con horror como una parte de mi vida me decía, hasta acá llego y continuo mi rumbo lo más lejos que se pueda del tuyo. Me desmoroné, creo que en ese momento nada me importó menos que el orgullo retrógrado de ser un tipo masculino. Lloraba como nunca y tu te veías tan tranquila, tan guapa con tu vestido negro, perfecto para el funeral al cual fue invitado. No pude hacer nada más que abrazarte, besarte en la mejilla, se acabó todo,  nos despedimos como conocidos de labios secos. Agarré mis cosas y dejé atrás la cama en la que estabas sentada con la cabeza abajo, mirando al suelo. En un abrir y cerrar de ojos la puerta del departamento estaba cerrada y yo ya no era nada. La calle aun estaba llena de vida, niños, familias, ebrios, perros, todos presentes para el gran desfile en el que yo iría llorando como un niño de paso lento.
Esa noche caminé, no temía ser asaltado, no había comido ni pensaba hacerlo, veía como delante de mis ojos en sangre se movían figuras, a ratos sus miradas se me clavaban al rostro, enjuiciando el deplorable estado que llevaba, ya nada me importaba, esta era mi humanidad, era yo, tal cual, destruido y a la vez valiente.