Sabio encuentro.


Ese día entré rápido, con toda displicencia, haciendo caso omiso de las maravillosas bondades que me entrega el cariño de mi abuela. Lo importante era posarme sobre la comodidad de mi espacio. Iba a paso firme por el jardín, cuando dos ojos arcillosos se me clavaron en el cerebro. Una paloma grande y gorda, posaba inmóvil sobre un tronco al final del patio. Siempre me han sido difíciles, por llamarlo menos, ese tipo de encuentros, ya que toda mi vida les he tenido repulsión a las aves. Como si fuera normal, intenté ahuyentarla, nunca nadie me había mirado así y menos un pájaro, el animal no se movió. Decidí hacerle frente a la situación, me acerqué haciendo ruidos y movimientos frenéticos, el ave por fin decidió avanzar, pero lo hacía con una calma y tristeza justiciera, algo tenía. Me detuve y la paloma se posó bajo una planta mirándome, no entendía qué es lo que pasa, la naturaleza es sabia, los humanos somos tontos. Decidí alejarme y dejarla en paz, horas después volví y yacía muerta en el mismo sitio. Ese animal me eligió como compañía en sus última horas y no estuve a la altura. Nunca voy a olvidar aquel día en que un ave me enseñó a volar en silencio a través de la soledad.