Casi


Iba camino a la cura, cuando decidí atropellar mi destino y pasar por encima de las expectativas de mi mente. Te fui a visitar como un drogadicto con síndrome de abstinencia, tenía una cita con el doctor cerca de ahí, pero podría esperar. Necesitaba observarte por 1 segundo más, mi cuerpo lo pedía, mi alma lo rogaba, era hacer como si todo estuviera bien.
Te veías triste, bueno, nadie ríe todo el día y menos en el trabajo. Tu pelo estaba tomado para no estorbar en tus labores y tu perfil precioso se volvió a grabar en mi cabeza, haciéndome recordar aquellas tardes en que agradecía su bella compañía. 
Pensé que podría soportar la dichosa escena, que mi testarudez arrasaría con el nervio y no sería más que una visita fantasma, me mentí. Desde el primer segundo en que te tuve a 10 pasos de distancia, sólo quise abrazarte, darte ese beso que nos hacía sonreír como por arte de magia y raptarte de la rutina aburrida en la que te estabas ahogando.
Cuando dejé de soñar despierto contigo frente a mi, cambié de rumbo, no era correcto ni sano para los dos que intercambiáramos palabras, casi nos vimos, casi te pude intentar besar, casi sentía que éramos los dos planeando algo, casi puedo oler el perfume que te regalé, que hace que se me derrita el corazón, casi muero de la tristeza cuando me topé con la realidad.